Cotiza tu evento
← Blog

Lo que el Cirque du Soleil nos enseña sobre liderazgo

Tres acróbatas sosteniéndose en equilibrio sobre un escenario, junto al título «Cirque du Soleil: cuando confiar en otro es parte del trabajo»

Alguien cruza el aire de un lado a otro del escenario y el público aplaude antes de que aterrice. Es un aplauso honesto: lo que acaba de pasar es difícil, y quien lo hizo lleva años consiguiendo hacerlo. Pero el aplauso va a una persona, y lo que acaba de ocurrir no lo hizo una persona.

Del otro lado del movimiento había alguien esperando en un punto exacto. Antes hubo quien reguló la tensión de un cable, quien comprobó un anclaje, quien estaba listo para intervenir si el gesto salía distinto. Nada de eso se ve, y buena parte está construida precisamente para no verse.

El Cirque du Soleil se fundó en Baie-Saint-Paul, Quebec, en 1984, a partir de una troupe de artistas callejeros encabezada por Guy Laliberté y Gilles Ste-Croix. Este texto no propone que una empresa se parezca a una compañía de circo —no se parece en nada— ni romantiza un oficio que implica riesgo físico real. Propone mirar un caso donde la interdependencia es tan literal que obliga a ser preciso con una palabra que en las organizaciones se usa con demasiada ligereza: confianza.

La confianza no es simpatía

El momento en que alguien se suelta en el aire no es un momento de valentía. Es un momento de información. Quien suelta ya sabe dónde va a estar la otra mano, porque estuvo ahí todas las veces anteriores. La confianza, en ese contexto, no es una disposición emocional ni una cuestión de caerse bien: es una predicción basada en datos acumulados.

Conviene separar dos cosas que se confunden a diario. La simpatía es una preferencia personal: me agrada trabajar contigo. La confianza interpersonal es una expectativa verificada: puedo anticipar que harás lo que dijiste. Se puede confiar profesionalmente en alguien con quien no se tiene ninguna afinidad, y se puede apreciar mucho a un colega en quien no se confía para sostener un plazo. Los equipos que las mezclan terminan tomando decisiones de asignación por afecto.

Los equipos suelen intentar el camino inverso. Se pide confianza como punto de partida, se declara en una reunión, se imprime en un valor corporativo. Pero la confianza es una conclusión, no una premisa: se llega a ella después de comprobar repetidamente que lo prometido ocurrió.

Para quien dirige, esto cambia la tarea. No consiste en pedir confianza, sino en volverse previsible: cumplir los plazos que uno mismo fija, sostener las decisiones que tomó la semana pasada, responder de la misma manera dos veces seguidas ante el mismo problema. Un responsable impredecible obliga a todo el equipo a gastar energía en anticiparlo, y esa energía sale de otro sitio.

La confianza se construye en la preparación, no en la función

Lo que se ve en un escenario es la parte más corta del proceso. Detrás hay meses de repetición, correcciones mínimas, ajustes de centímetros y una cantidad de ensayo que no guarda ninguna proporción con la duración del número. Nadie improvisa un movimiento del que depende físicamente otra persona.

Ahí está el mecanismo concreto, y merece la pena enunciarlo sin adornos. La confianza no aparece porque un grupo pase un buen rato junto. Se fortalece cuando, muchas veces seguidas, alguien comprueba que la otra persona:

Ninguno de esos cinco puntos es un sentimiento. Los cinco son comportamientos observables, y esa es exactamente la razón por la que sirven: se pueden mirar, contar y conversar.

En las organizaciones ocurre lo contrario y casi nadie lo discute: se practica poco o nada, y se espera coordinación fina justo cuando hay algo importante en juego. Se prepara la presentación, no la manera de trabajar juntos. Se revisa el resultado, no el proceso que lo produjo. La consecuencia aparece siempre en el mismo punto: cuando llega la semana difícil, el equipo descubre en vivo quién asume qué, quién decide si hay desacuerdo y hasta dónde puede avanzar cada uno sin preguntar. Son preguntas resolubles, pero muy caras de resolver con el reloj corriendo.

Las señales acordadas hacen innecesaria la comprobación

Hay una economía silenciosa en este tipo de trabajo: cuanto mejor definidas están las señales, menos hace falta mirar al otro para saber cómo va.

Quien depende de un paso previo no lo verifica, lo espera. Y no lo espera por optimismo, sino porque existe un acuerdo explícito sobre qué significa que ese paso terminó. Verificar cuesta tiempo y atención, y en una secuencia ajustada no hay ninguno de los dos.

En un equipo de trabajo el equivalente es bastante prosaico: qué significa exactamente que una tarea está lista, quién avisa a quién y por qué canal, qué se hace cuando algo se retrasa. Cuando eso no está acordado, la gente lo suple con comprobaciones —reuniones de seguimiento, correos de confirmación, preguntas por chat— que consumen una cantidad de tiempo que nadie contabiliza y que suele atribuirse a "falta de comunicación", cuando en realidad es exceso de verificación.

Dirigir es mirar desde fuera

Quien dirige un espectáculo no está en el escenario. Está en la butaca, mirando el conjunto, viendo lo que desde dentro nadie puede ver: si una entrada llega tarde, si dos cuerpos se estorban, si el número se entiende. Esa distancia no es un privilegio, es la condición del trabajo. Desde el escenario no se puede ver el escenario.

Muchos equipos tienen el problema opuesto: quien dirige está tan metido en la ejecución que ya no ve el conjunto. Suele ocurrir por buenas razones —conoce el oficio, es rápido, la carga es alta— y produce siempre el mismo resultado: nadie está mirando la coordinación, porque la única persona con la posición para hacerlo está ocupada produciendo.

Mantener esa distancia cuesta y no se defiende sola. Implica resistir la tentación de resolverlo uno mismo, que casi siempre es más rápido a corto plazo. El costo aparece después, cuando el equipo no aprendió a resolverlo y vuelve a preguntar.

Un elenco no es una suma de solistas

En una compañía de este tipo conviven personas con recorridos muy distintos: acrobacia, danza, música, disciplinas que en otro contexto competirían entre sí. Lo que las convierte en un elenco no es el nivel individual, sino que cada una ajusta su ritmo al de las demás. Un intérprete extraordinario que no ajusta rompe el número, aunque su parte esté impecable.

Ese es uno de los puntos más difíciles de gestionar, porque choca con cómo se mide el desempeño. Casi todas las evaluaciones miden aportes individuales; muy pocas miden si alguien facilita o entorpece el trabajo de quienes tiene al lado. Así se termina reconociendo a la persona que produce mucho y deja detrás una estela de reprocesos.

Quien dirige es la única persona en condiciones de nombrar eso, y conviene que lo haga como criterio explícito y no como reproche: en este equipo cuenta lo que produces y cuenta cómo dejas trabajar a los demás. Si no se dice, se asume lo contrario.

Hay una señal fácil de leer en la dirección opuesta. Si al reconocer un logro solo aparecen los nombres de quienes estuvieron en la parte visible, es probable que el equipo tenga trabajo invisible sin responsable reconocido. Eso no se corrige con un elogio general; se corrige nombrando lo concreto que hizo cada quien.

Qué puede observar Talento Humano

Ninguna oficina se parece a un escenario y no hace falta forzar el paralelo. Un espectáculo tiene un guion cerrado, un final conocido y una fecha; casi ningún trabajo tiene eso. Lo que sí ofrece es un lugar donde ciertas dinámicas están tan comprimidas que se vuelven visibles en dos horas y no en dos años. Las preguntas que deja son observables:

La última suele ser la que más cuesta responder, porque quien debería estar mirando desde fuera casi siempre está adentro, resolviendo.


Un equipo no aprende a sostenerse en la semana en que necesita sostenerse. Lo aprende antes, resolviendo algo junto cuando todavía se puede fallar sin costo, y conversando con calma sobre lo que pasó.

Esa parte casi nunca ocurre por sí sola, y es la razón por la que existe el trabajo que hacemos: cómo diseñamos experiencias de team building para equipos.

Lo que se aplaude es siempre la parte visible. Dirigir consiste, en buena medida, en ocuparse de la otra.